Se me está acabando el negro.
Habré de pintar brillantes
escenas diurnas o atardeceres sangrientos hasta que consiga más. Quizás Ojazos
y su muchacho me proporcionen imágenes alegres que consignar en mi cuaderno,
para las que no lo necesitaré; pero siendo ella como es lo dudo mucho. Lo que
es más, a buen seguro, la ciudad no me va a dejar pasar sin ese color, le tiene
mucho apego a su oscuridad.
Y los habitantes de No, la
polvorienta joya de obsidiana, me llaman a mí oscura. Siniestra incluso.
