¿Qué te habías creído?
Digan lo que digan, en España no
hay sequía. Y, si la hay, ya me gustaría a mí verla.
Me alejo de la ventana y vuelvo al
fogón, haciendo malabares con las siete comandas que tenemos en distintos
grados de preparación. Me sacudo el flequillo, pegado a la frente por el sudor
y me seco las manos pegajosas contra el delantal. Sorteando a mi equipo en la
abarrotada cocina, coloco la comida de un par de pedidos en los platos con
meticulosidad rayana en la obsesión y pongo éstos al alcance de los camareros,
esos seres inferiores que se limitan a transportar cosas sin tirarlas y se
quejan de lo difícil que es su trabajo. Una bullabesa es difícil, cielo.